martes, 18 de agosto de 2009

Capítulo 1

Eran tiempos donde todo faltaba. Los días estaban pintados de marrón, cobre y naranja. Colores de hambruna, de peste y de suciedad. El aire pesaba con el olor de lo podrido, de todo lo que quedaba, de todo lo que no teníamos. Aún sin sol los días eran enormes; mi estómago despojado me dictaba cada segundo como una hora, cada minuto un dolor filoso. Ya nadie tenía fuerzas en esa época. Correr se volvió caminar, caminar se volvió arrastrarse y casi al final terminamos por juntar suficientes fuerzas para seguir respirando. No me importaban estas cosas, para ser sincera. Mi cuerpo, un hilo de la fuerte cuerda que una vez fue, había pasado a otro plano, todo lo físico me valía un comino. El cielo, ¿por qué me habría de importar que ya no fuera azul? ¿De qué me servía, al igual, ya no oler las flores? Ya desde hace mucho me había convertido en un cascarón, repugnante cubierta hueca de la que era una vez, antes de todo eso, antes de darme cuenta de lo que me habían quitado.
Esta época de basura y putrefacción me despojó de lo único que me hacía sentirme completa. Primero me quitaron el papel, o se me acabó más bien. Después siguieron los pinceles, las hebras no duraron entre tanto uso. Al final sólo me quedaron mis manos y mis pinturas. Todavía con eso seguía agarrada de mi alma, pero sabía que no me iba a durar. Ya cuando usaba lodo y mierda para pintar, supe que estaba condenada. Me empezaban a doler las manos, luego los brazos y después el pecho. Mi cuerpo se volvió frágil, tan frágil. Yo era joven, pero mis penas y dolencias no; el tiempo me había jugado un truco. Sólo a los viejos se les quitan sus pasiones, sólo a ellos se les deja morir en paz, tranquilos ya sin alborotarse por lo que los llena de vida. Pero a mí, que me faltaba tanto por ver, tanto por vivir. Ni hablar. En esos tiempos no se podía hacer mucho por las circunstancias, sólo rezar para aquellos religiosos y mendigar para los que querían sobrevivir.
Todavía me da risa contar esta historia, las cosas así no me pasan. Es cruel, la verdad, que en un lugar con cielos oxidados sucedan bienaventuranzas. A uno le dolió cerrarse a la esperanza y romper las suturas que la impedían entrar lo dejaban a uno convalesciente, sumamente débil y poco probable a seguir con vida si se llegara a desilusionar. Pero pasó, pues. A mí, de todas las personas. En lugar de que los niños moribundos encontraran comida o que un hombre encontrara las fuerzas para salir en busca de posibles edenes, yo recibí el regalo. Un día, estaba ahí yo en una esquina de la casa en ruinas, contando mis dedos para ver si no me los habían comido las ratas, rascándome la espalda purulenta contra la pared áspera, ya por esos tiempos había dejado de pensar y me había entregado de lleno a mi agridulce rutina de sufrimiento y tranquilidad al olvidar mi arte.
Pero llegó él y lo primero que vi fueron sus ojos.