Siempre supimos que no era de este mundo. No sabíamos de dónde, ni de cuándo, sólo teníamos un sentimiento de certeza de que él había llegado de muy lejos. Muy muy lejos, más bien. Es como cuando un extranjero actúa siguiendo sus propias costumbres, resalta entre la multitud de nacionalidad uniforme. Pero no, no es suficiente llamarlo extranjero. No creo que sea justo llamarlo por cualquier otro nombre que el suyo, ningún denominador siquiera completa un poco de todo lo que él representaba. Se llamaba Jorge, nunca supimos su apellido. Raro que se llamara Jorge porque no tenía una pizca de latino o de sangre ibérica. Lo delataban sus ojos, yo pienso. No, yo sé. Aquí en el país la gente ya no mira así, sólo ve. Jorge miraba, de alguna manera lograba percibir todo lo que estaba enfrente de él. Que si la catarina daba ocho círculos en el aire, pero la mayoría del tiempo sólo hacía 4 en la tierra. Que Liliana tenía el pelo como de sangre, decía, porque tenía vida y se encargaba de darle vida a las demás cabelleras.
Nunca entendimos su punto de vista cuando nos dijo esa metáfora. Jorge también poseía un extraño don, o quizás una habilidad, talento, no sabemos, pero lo que él tocaba era insuflado con amor. Con niños haciendo berrinches, los calmaba, un árbol cortado logró crecer después de que lo cuidara Jorge y la vez que lo asaltaron, terminó -no sé cómo logró esto- jugando a las escondidas con los asaltantes.
Sí, sabíamos que Jorge, con sus ojos de golondrina y su mano de seda cálida, no era de este mundo. Pero eso no me importó.
Me acuerdo bien de esto, porque fue al quinto día que tenía Jorge con nosotros. Yo no lo había visto, una amiga quería presentarme a la nueva adición a nuestro grupillo de amigos, Jorge, porque le parecía de lo más inusual y hermoso. Se me hizo raro, Daniela, mi amiga, no era de las que se elevaban con cualquier hombre buenmozo. Al final, cuando llegamos a la reunión, entre amigos y saludando a extrañas personas que quizás vi una vez hace meses, lo vi, no, lo miré.
Porque él me estaba mirando.
¿Han sentido el agua fresca tocar las puntas de sus dedos? De alguna manera yo cuando lo hacía, sentía las vibraciones del agua. Era como si mis dedos eran princesas y el agua las estuviera cortejando. Así sentí cuando vi a Jorge. Me hundí para luego elevarme y volver a sumergir.
Mientras no hacía nada más que verlo, las personas pasaban, la música seguía, repitiéndose todo como las estaciones.
Para cuando me di cuenta había ya perdido mi voluntad y mi fuerza. De alguna manera todo terminó, y el tiempo se aceleró. Las princesas en mis dedos se fueron al baile y el agua ya se había cansado de intentar impresionarlas. No volví a ver a Jorge hasta la semana pasada, cuando ya nadie supo de él, mas que yo.
¿Cómo explicarles lo que es amar a un ángel? ¿Cómo, si los ángeles no aman? ¿Cómo, si nosotros, que creamos al amor y fuimos creados por él, no sabemos qué hacer cuando nos es otorgado?
Yo no maté a Jorge, él era mi ser. Yo no lo maté, nadie me cree, pero lo único que me queda y que me importa es la verdad de que él me amaba, aunque no podía.
Creo haber leído hace mucho, quizás en la Biblia o no sé dónde, que los seres de otro mundo no pueden amar a personas de éste. Simplemente no se puede, decía el texto. No se puede entender la piel, el aliento, la mirada o el tacto de alguien que no necesita de esas cosas.
Yo no maté a Jorge, él me mató a mí. Gracias a él, no necesito ya estas cadenas humanas. Puedo sentir.
Puedo sentir.
··············
"¿Cómo sé que me quieres?"
"Sabes porque me escuchas."
"No entiendo."
"Escuchas porque amas, y amas porque eres."
"Sigo sin entender."
"¡Bueno, ya! No necesitas entender. Ven, ven acá. Toca aquí. ¿Qué sientes?"
"Está cálido."
"Así le llaman aquí. Ese soy yo, y ese golpeteo que sientes, eres tú."
"Entonces estoy en ti y tú en mí."
"¿Por qué hablas tanto del espacio? Las cosas son, no lo trates de entender."
"Así nos complicamos, ¿verdad?"
"Son muy curiosos, ustedes, en especial tú."
"¿Yo?"
"Sí, me tardé mucho en entenderte."
"No entiendas, sólo siente."
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